sábado, 25 de abril de 2015

#viveJordania
DÍA 2

Amán huele a condimentos. A cardamomo y curry, a sumac, turmeric, clavo y koriander. A arroz largo de un color cercano al amarillo, al pollo más suave, a pan árabe recién horneado. A niños que corren y dicen "selfie, selfie", mientras se acomodan a tu lado para que los fotografíes.  




Amán sabe a mansaf (cordero con salsa de yogurt) y muskan (pollo con aceite de oliva y piñones), a maglouba (carne con arroz) y sish kabab (cordero, pollo adobado). A humus y tabulé. A café con cardamomo que deja un asiento en la pequeña taza para que puedas jugar con las formas que podría tener tu futuro. A comida del Levante. Al delicado sabor del té de menta y de un desayuno apresurado pero no por eso libre de colores, de aromas que atraen, que seducen. A comida elaborada con tus propias manos. Sabe a alegría.









Amán se escucha como viento del desierto, lleno de voces que oran, del sonido de flautas y gaitas, de frases que de repiten como una melodía constante y seductora. Como el susurro de un mar lejano, de ese idioma desconocido que se siente cercano.



Amán aún no se muestra por completo, apenas un atisbo que recuerda a México de muchas maneras pero, a la vez, está demasiado lejos y es demasiado compleja para ser igual.



Amán duerme cuando yo no logro hacerlo.




Amán, ciudad alba, descansa antes de que en unas horas te posea nuevamente.




viernes, 24 de abril de 2015

#viveJordania

NOCHE 1



Cae la noche en el cielo de Atenas. Al menos eso indica la pantalla del avión. ¿Pero es que acaso el firmamento le pertenece a alguien? Este espacio inacabable donde parece que estamos suspendidos, detenidos en un momento del tiempo y del espacio, a pesar de ir a mil kilómetros por hora. "En las nubes no hay nada. O quizá esté todo, pero somos incapaces de verlo", le diré a mi hijo cuando, al regreso, me pregunte si vi a Dios por acá arriba.





Tras años viajando, he determinado algo: en el avión hablo con los amigos, cuando me acompañan en la travesía; de lo contrario, prefiero guardar silencio. No me gustan las conversaciones casuales sobre a qué me dedico o el clima en el destino. Prefiero mirar todo, dependiendo del lugar que me toque. Esta vez ha sido, en los dos trayectos, en ventanilla. Hemos cruzado tres continentes. Cuatro, si contamos el paso por África. Beck me canta al oído. Su Sea Change me relaja tanto que me siento segura, mientras como unos cacahuates que ya me revelan un granito del mundo al que me dirijo.





https://www.youtube.com/watch?v=nz6hDX1w0P0&spfreload=10

El avión se sumerge en una profundidad rojiza antes de introducirse en la negrura de la noche. Abajo, las islas griegas son telarañas de luz en medio de la nada. Creta, Timbakion e Iraklion recuerdan que la vida está en otra parte, allá abajo, donde hay casas blancas con techos azules, mar, queso fetta, personas alegres y muchos barcos.




Hemos creado un mundo a la medida de nuestra imaginación. De aquello que vemos en fotografías, de lo que nos cuentan o leemos, de lo que creamos en nuestra mente. Por más que viajáramos durante toda una vida, nos perderíamos de cualquier manera de más de la mitad del mundo. Esa la imaginamos, en espera de verla en realidad alguna vez.


Nunca me imaginé viajar a Oriente Medio y aquí estoy, en un aeroplano con una pantalla que presenta películas árabes, con un mapa con letras que desconozco, el cual me muestra dónde están Beirut, Bagdad, Jeddah, rodeando mi destino final: Amán. Jordania.


Jordania.




Cae un lamento de Beck como gota de agua sobre mi cabeza. Después, una guitarra. No entiendo a los que piensan que se pierde un día en el trayecto aéreo. Para mí los viajes duran más de lo escrito en un itinerario, pues no comienzan al llegar al destino, sino desde que sé que viajaré. Entonces todo es fiesta de promesas, de anhelos, suposiciones, dudas, inquietudes e investigación. Y duran mucho más que los días fuera. Pueden durar años. Toda mi existencia.





Scorpion 1968 aparece en la pantalla. No sé qué es, pero aunque lo investigue en cuanto pueda, ahora sé que existe un lugar así en medio del mar. 




De mi efímero paso por Madrid me quedo con los marcianos en el aeropuerto de Barajas





… y con la sonrisa del chico que atendía la cafetería donde me tomé una cerveza Maou "chiquita" y, de un jalón, un agua Evian de un litro. De sus bromas sonsacadas por las mías mientras me atendía y me cobraba. De los jabugos colgando frente a una pared rodeada de vinos de La Rioja. 




De la cabina del avión, trataré de nunca olvidar al sobrecargo árabe que me llevó al baño de los pilotos porque había demasiado fila en el de clase turista. ¿Por qué me eligió a mí? No lo sé; éramos unos cinco los que esperábamos. Quizá pasó que simplemente me dijo "sígueme", en inglés, y yo lo seguí sin preguntar a dónde, respondiendo únicamente con un "sure". Quizá lo hizo porque mi cabello rojo me hace más visible o simplemente porque sí, pero le abrió a mi ocupada vejiga la puerta del paraíso. 


Soy apenas una mota de polvo volando en este mundo enorme, tan hermoso como atroz. 


***

Las luces de Amán me saludan. Leonard Cohen me canta "Born in Chains". 


Word of words and measure of all measures
Blessed is the name, the name be blessed
Writen on my heart in burning letters
That´s all I know, I cannot read the rest.

Jordania, finalmente he llegado.





¡Bienvenidos!




#viveJordania

Día 1


"Gracias por compartir con nosotros la ilusión de volar", se escucha por los altavoces. El piloto dice que volaremos de la Ciudad de México a Cancún, pasando por el sur de Florida, las Bahamas, y luego sobre el mar durante seis horas hasta llegar a Portugal, surcar el cielo de Oporto y, después, tras cruzar Zamora, llegar al aeropuerto de Barajas, en Madrid, a las dos de la tarde, hora local. "Afuera estamos a 44 grados bajo cero, y hay un viento ligero del sur, que nos llevará más rápido a nuestro destino. Adentro de la cabina, tenemos una temperatura de 26 grados. Disfruten su vuelo", informa. Con esos datos tengo suficiente para viajar en mi mente casi media hora.

Voy a Jordania durante diez días. Quiero contar todo lo que veo, pruebo, escucho, toco, huelo y sueño en los medios de comunicación donde trabajo, pero sobre todo me inspira poder contarle la experiencia a mi hijo de cinco años. Hablarle de los camellos y el desierto, de los beduinos, de las cabritas y el Mar Muerto, del Mar Rojo y de Petra. De las historias que me cuenten en el camino, de lo que como y lo que pienso.

Los aviones son buenos para reflexionar. Escucho a Lightnin' Hopkins, un viejo blusero de voz correosa que no conocía. Es un regalo del vuelo. Siempre los encuentro, quizá porque me gusta explorar todas las posibilidades de mi asiento, del avión. Por lo regular nunca me aburro en los traslados. Además de tener la pantalla, llevo en mi bolsita personal lo necesario para conseguirlo: uno o dos libros, mi teléfono con todas sus posibilidades, audífonos, pluma y papel.


Decido ver la película Wild. Hay un hombre mayor sentado a mi lado. Su cabello está completamente blanco. No enciende su pantalla. Como yo tengo la mía en inglés con subtítulos en el mismo idioma, puede verla fácilmente y, sin audio, entender lo que sucede. Lo siento cerca, mirando conmigo la cinta. De reojo lo observo mover las manos como sólo lo hacen las personas que han cruzado el umbral de los 75 años . Me pregunto si él, a su vez, notará que lloro un poco en algunas escenas de la cinta (como hago siempre que algo me conmueve). Me pregunto si me verá como el espejo de algo que él fue y si yo lo veo como el soplo de algo que seré. No aguardo una respuesta porque no es necesaria. Me gusta su silenciosa compañía. 



Se apagan las luces del avión. Tengo un asiento privilegiado dentro de lo que cabe en los lugares de la sección turista: en ventana. Es momento de descansar. Me arrulla el olor característico del avión transoceánico, esa mezcla de comida, sudores, perfumes, aire acondicionado. Me hace sentir en casa. En un hogar que, como el de las tortugas, llevo conmigo pero siempre es diferente. Y, de alguna manera, ahora me huele a casa. Cierro mis ojos para dormir mis reglamentarias cuatro horas en el cielo.


****

Llegamos a Madrid. Justo antes de bajarse, el hombre a mi lado me habla. Me dice en inglés que es rumano. Fue a México por una situación laboral que no aclara. Intercambiamos algunas frases; es muy amable conmigo. Me ayuda, me espera en el camino a migración. Casi no conversamos, solo caminamos uno junto al otro. Al despedirnos, le pregunto su nombre. Como respuesta, busca algo en sus bolsillos. Deduzco que una tarjeta de presentación. No la encuentra. Me sonríe y levanta los hombros: "Bueno, de cualquier manera, no importa mi nombre", me dice sabiendo que jamás nos volveremos a ver. "Yo soy Verónica", respondo. Nos damos la mano. Su sonrisa va acorde con su suave voz. "Disfruta tu vuelo", le digo. Nuestros caminos se separan por colores. Yo seguiré el camino amarillo y él irá hacia el verde. Así la vida en los aeropuertos.