¡Bienvenidos!

#viveJordania
Día 1
"Gracias por compartir con nosotros la ilusión de volar", se escucha por los altavoces. El piloto dice que volaremos de la Ciudad de México a Cancún, pasando por el sur de Florida, las Bahamas, y luego sobre el mar durante seis horas hasta llegar a Portugal, surcar el cielo de Oporto y, después, tras cruzar Zamora, llegar al aeropuerto de Barajas, en Madrid, a las dos de la tarde, hora local. "Afuera estamos a 44 grados bajo cero, y hay un viento ligero del sur, que nos llevará más rápido a nuestro destino. Adentro de la cabina, tenemos una temperatura de 26 grados. Disfruten su vuelo", informa. Con esos datos tengo suficiente para viajar en mi mente casi media hora.
Voy a Jordania durante diez días. Quiero contar todo lo que veo, pruebo, escucho, toco, huelo y sueño en los medios de comunicación donde trabajo, pero sobre todo me inspira poder contarle la experiencia a mi hijo de cinco años. Hablarle de los camellos y el desierto, de los beduinos, de las cabritas y el Mar Muerto, del Mar Rojo y de Petra. De las historias que me cuenten en el camino, de lo que como y lo que pienso.
Los aviones son buenos para reflexionar. Escucho a Lightnin' Hopkins, un viejo blusero de voz correosa que no conocía. Es un regalo del vuelo. Siempre los encuentro, quizá porque me gusta explorar todas las posibilidades de mi asiento, del avión. Por lo regular nunca me aburro en los traslados. Además de tener la pantalla, llevo en mi bolsita personal lo necesario para conseguirlo: uno o dos libros, mi teléfono con todas sus posibilidades, audífonos, pluma y papel.
Decido ver la película Wild. Hay un hombre mayor sentado a mi lado. Su cabello está completamente blanco. No enciende su pantalla. Como yo tengo la mía en inglés con subtítulos en el mismo idioma, puede verla fácilmente y, sin audio, entender lo que sucede. Lo siento cerca, mirando conmigo la cinta. De reojo lo observo mover las manos como sólo lo hacen las personas que han cruzado el umbral de los 75 años . Me pregunto si él, a su vez, notará que lloro un poco en algunas escenas de la cinta (como hago siempre que algo me conmueve). Me pregunto si me verá como el espejo de algo que él fue y si yo lo veo como el soplo de algo que seré. No aguardo una respuesta porque no es necesaria. Me gusta su silenciosa compañía.
Se apagan las luces del avión. Tengo un asiento privilegiado dentro de lo que cabe en los lugares de la sección turista: en ventana. Es momento de descansar. Me arrulla el olor característico del avión transoceánico, esa mezcla de comida, sudores, perfumes, aire acondicionado. Me hace sentir en casa. En un hogar que, como el de las tortugas, llevo conmigo pero siempre es diferente. Y, de alguna manera, ahora me huele a casa. Cierro mis ojos para dormir mis reglamentarias cuatro horas en el cielo.
Llegamos a Madrid. Justo antes de bajarse, el hombre a mi lado me habla. Me dice en inglés que es rumano. Fue a México por una situación laboral que no aclara. Intercambiamos algunas frases; es muy amable conmigo. Me ayuda, me espera en el camino a migración. Casi no conversamos, solo caminamos uno junto al otro. Al despedirnos, le pregunto su nombre. Como respuesta, busca algo en sus bolsillos. Deduzco que una tarjeta de presentación. No la encuentra. Me sonríe y levanta los hombros: "Bueno, de cualquier manera, no importa mi nombre", me dice sabiendo que jamás nos volveremos a ver. "Yo soy Verónica", respondo. Nos damos la mano. Su sonrisa va acorde con su suave voz. "Disfruta tu vuelo", le digo. Nuestros caminos se separan por colores. Yo seguiré el camino amarillo y él irá hacia el verde. Así la vida en los aeropuertos.